Historia desde abajo y Genealogía | Gestión Documental, Digitalización Patrimonial y Genealogía

HISTORIA DESDE ABAJO Y GENEALOGÍA

Por Carlos Eduardo Ibarra Rebolledo
Doctor en Historia y Académico Universidad San Sebastián
carlos.ibarra@uss.cl

“La historia desde abajo nos ayuda a quienes no hemos nacido con una cuchara de plata en la boca a convencernos que tenemos un pasado, de que venimos de una parte”, señala el historiador británico Jim Sharpe al concluir su capítulo intitulado así (“La historia desde abajo”) e incluido como parte de la obra de Peter Burke (1999) Formas de hacer historia (Alianza editorial).

¿Y qué tiene que ver esta afirmación con la genealogía? Mucho.

Desde siglos, las genealogías eran parte del discurso de validación de las élites políticas en la antigüedad. Reyes sumerios y egipcios memorizaban y listaban los nombres de sus ancestros de sangre real, como una forma de hacer notar que no solo estaban en posiciones de poder por voluntad de los dioses, sino que por derecho de sangre. Algo similar ocurrió con griegos y romanos, con sus dinastías familiares e hijos políticos adoptados. Todo quedaba en familia.

Durante la Edad Media, las genealogías cumplieron el mismo rol, pero ampliado a los nobles, de nombre y de título. A ello se sumaban otros elementos, como la pureza ‘racial’ por la que tantas vidas se cobraron en esa época debido a la persecución de los judíos y musulmanes que ocupaban las tierras de la península ibérica. Ser ‘cristiano por los cuatro costados’ era requisito para ser aceptado socialmente en la Hispania tardomedieval, cuando la reconquista ya era un hecho. Los registros de bautismo requirieron dar cuenta de los nombres y apellidos de los padres y también de los cuatro abuelos. Si alguno era evidentemente judío o musulmán la marca social era indeleble.

Esta ‘impronta social’ y genética, entonces, era heredada a los hijos y nietos. Muchos falsearon sus datos, otros los declararon. Lo cierto es que España era tan mestiza como terminó siendo América.

Una vez en nuestro continente, la genealogía también fue utilizada como instrumento de validación social, e intentó ser usada para evitar el pago de tributos (pechos se les llamaba entonces) si se demostraba que eran hidalgos y cristianos viejos por los cuatro costados. Varios documentos revelan estos hechos, la búsqueda de una nobleza social era algo común en la época.

Pero el paso de los siglos desvaneció este efecto. Las élites mantuvieron la costumbre de enrostrar su ancestría. El bajo pueblo no, pues sus urgencias cotidianas eran otras: trabajar, alimentarse, vestirse, vivir (y a veces sobrevivir). Ni siquiera la educación era una urgencia, para eso estaban los oficios que pasaban de generación en generación.

Llegado el siglo XX, siendo Chile ya una república, el interés por la genealogía renació, aunque aun anclada en el estudio de la élite. Hubo que avanzar más.

En 1948, se creó en Santiago de Chile el Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas, que fue evolucionando hasta investigar familias que no eran de la clase alta o de la alta aristocracia. El estudio de familias de sectores medios fue uno de sus nortes, aunque vinculándola también a las antiguas elites de encomenderos, monarcas incásicos, lonkos mapuches, es decir, sujetos históricos con un cierto grado de visibilidad social, autoridad política y bienestar económico.

Con la llegada de internet, el estudio de la genealogía (y la heráldica) se transformó en un arma de doble filo, pues parte de lo informado en las redes no contaba con una validez documental, es decir, eran datos falsos, eso, por una parte, mientras que, por otra, en forma paulatina se fue abriendo campo a sujetos históricos cuya ancestría no conectaba con empresarios, condes, duques o marqueses, sino que con esforzados campesinos, peones y gañanes. Asimismo, la ampliación de la digitalización permitió conocer los nombres de aquellos que nunca habían salido en los libros de historia, y tampoco en trabajos genealógicos. Se demostró, entonces, que quedaba mucho por hacer aún.

Un gran e importante aporte se ha realizado en los últimos 45 años desde que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en convenio con la iglesia católica, resguardaron la mayor parte del material de libros parroquiales y del Servicio Nacional de Registro Civil, a través de la microfilmación de los documentos donde se anotaban los datos y eventos vitales de una importante proporción de nuestros ancestros. Esto brindó la oportunidad de acceder a dichos materiales como hasta entonces no se había realizado.

¿Y qué decían esos papeles microfilmados? En ellos estaban también los nombres y apellidos de la gente común (también de la élite, por cierto). Eran los integrantes del populii chilensis, del bajo pueblo, de la canallá, denominaciones que la élite asignó a esas personas. Fuese por deber, por obligación o por buscar que al menos el nombre trascendiera el tiempo, muchos miles se registraron, y gracias a ese acto hoy sabemos que existieron aquellos que nos precedieron en vida.

Hoy, gracias a la digitalización de millones de esas huellas de nuestros ancestros, en particular por medio de la plataforma Familysearch -si bien hay otras- sabemos quiénes eran esos sujetos del ayer, sus edades, lugares donde vivían, etc., es una herramienta maravillosa para la investigación genealógica. Por ello sabemos de gañanes, peones, campesinos, costureras, maquinistas, entre muchos otros oficios, y de profesores, médicos, abogados, etc., en el caso de los profesionales.

GEDDGEN, proyecto de reciente creación (2021), busca también colaborar con este proceso de archivado de imágenes y vaciado en planillas Excell con el fin de ayudar a quienes se interesan por el seguimiento de su ancestría. En mi opinión, es muy raro que alguien no se interese por saber quiénes vivieron antes que él, conocer su oficio, profesión, domicilio, edad, no solo por conocer un dato específico, sino también por profundizar en su propia identidad, saber de dónde venimos, es un anhelo que gracias a la genealogía, ayudada por las herramientas tecnológicas actuales, se ha hecho parte de nuestro lenguaje, lo cual es evidenciable incluso entre los más pequeños, quienes tienen entre sus actividades curriculares saber quiénes fueron sus ancestros como un ejercicio que les permita y enseñe a conocer su origen, de tener un primer acercamiento hacia una verdadera caja de pandora, sobre todo para quienes “no hemos nacido con una cuchara de plata en la boca”.